Del Kremlin a Silicon Valley, algunas de las personas más influyentes del mundo persiguen ahora algo más: la vida eterna.
Por Mark O’Connell / NYT
Un día, dos emperadores —el de China y el de Rusia— caminaban uno al lado del otro por la Ciudad Prohibida. Mientras avanzaban, con los pasos amortiguados por una alfombra bordada de rojo y oro, sus séquitos les seguían con alegre deferencia. Ambos emperadores tenían 72 años, aproximadamente la edad a la que solían morir las personas a las que gobernaban. Aunque ninguno hablaba la lengua del otro, conversaban cómodamente a través de intérpretes sobre la posibilidad de engañar a la muerte.
En un momento, el emperador chino comentó que, mientras en el pasado era raro que alguien viviera más allá de los 70, hoy se decía que a los 70, uno seguía siendo un niño. Ante esto, el emperador ruso se animó. Sugirió que ahora era posible extirpar el corazón o el hígado de un hombre envejecido y reemplazarlo por un órgano nuevo, de modo que, pese a su edad avanzada, el hombre se volvería cada vez más joven y quizá incluso esquivara la muerte por completo.
Entonces el intercambio se detiene bruscamente, como una de las tablillas de arcilla fragmentadas en las que está inscrita la antigua epopeya mesopotámica de Gilgamesh, interrumpiendo el relato. Esta forma fragmentaria solo aumenta la extraña intensidad del momento, la sensación de ser partícipes de una escena que no debíamos vislumbrar, en la que se insinúa algún secreto sobre la naturaleza del poder.
Quizás viste este video el pasado septiembre, cuando se volvió viral: los dos autócratas más poderosos del mundo —Xi Jinping y Vladimir Putin, ambos jefes de Estado desde hace más de una década y sin señales de querer abandonar el poder— captados por un micrófono abierto de un intérprete mientras discutían su aparente deseo compartido de inmortalidad.
El momento, aunque breve, parecía cargado de significados, rico en una especie de simbolismo político casi mítico. Xi y Putin caminaban hacia la plaza de Tiananmén, el centro ceremonial de la superpotencia emergente del mundo y un lugar sinónimo de la represión brutal de la disidencia por parte del gobierno. Durante un breve momento de euforia en 1989, parecía que el comunismo chino podría pasar a la historia, abriendo espacio para el surgimiento de alguna nueva posibilidad democrática. Y entonces llegaron los tanques, anunciando que el poder del Estado era eterno e indivisible y que las vidas de sus súbditos eran totalmente desechables.
Durante la última década, la democracia ha retrocedido ante una creciente marea de antiliberalismo y plutocracia. El poder, en gran parte del mundo, está cada vez más concentrado en manos de unos pocos líderes autoritarios y de un reducido número de multimillonarios tecnológicos con ambiciones expansivas. A medida que ha aumentado la esperanza de vida promedio, la desigualdad —en ingresos y en el acceso a la atención médica— se ha ampliado. Y en medio de todo esto, los más ricos y poderosos del mundo han desarrollado una esperanza persistente y quizá incluso han generado alguna pequeña posibilidad de que la muerte pueda ser erradicada por completo, hasta el punto de que su fuerza existencial se reduzca.
El hecho de la muerte es, como es sabido, fuente de terror y melancolía, pero también de consuelo. Se podrá decir lo que se quiera sobre las dinastías históricas, pero ni siquiera los peores soberanos hereditarios podían gobernar desde la tumba. Enrique VIII murió en sus cincuenta y tantos; César Borgia apenas llegó a la treintena. Por rudimentarias que fueran, la obesidad mórbida y la sífilis desempeñaron su papel como agentes del cambio. Si incluso los mayores tiranos deben morir algún día, siempre queda alguna esperanza de un mundo mejor, o al menos diferente.
Pero, ¿y si el tirano lograra volverse inmortal, o ampliara su vida de tal manera que, en la práctica, lo fuera? ¿Y si autócratas como Xi o Putin prolongaran su poder durante décadas, o incluso gobernaran indefinidamente, sin renunciar nunca al control sobre sus Estados, y sobre la vida de sus ciudadanos? Tal perspectiva es, como mínimo, todavía científicamente remota. Pero el hecho de que estos dos líderes parezcan desearla, en primer lugar, y crean que la ciencia podría facilitarla, sugiere algo importante sobre nuestra era política y da pistas sobre la forma de la que está por venir.
Credit…Ilustración por Tim Enthoven
Vivimos bajo el signo del vampiro. Entre los arquetipos más poderosos de nuestro tiempo está la élite que busca la juventud eterna, cuyo poder se extrae de la sangre de los mortales inferiores. Y entre las élites actuales, la más destacada es ese pequeño estrato superior de capitalistas cuyas tecnologías — redes sociales, comercio en línea, inteligencia artificial, vigilancia de datos — determinan nuestro presente y moldean nuestro futuro, y que ejercen un poder político cada vez más desproporcionado. Y estos hombres están, lo sabemos, obsesionados con expandir los límites de la mortalidad humana.
El hombre quizá más asociado a este deseo es Peter Thiel, quien en una ocasión expuso su interés por las transfusiones de plasma sanguíneo de jóvenes como medio para prolongar la vida. Pero de forma más práctica y menos vampírica, también ha invertido muchos millones de dólares de capital riesgo en diversas empresas de biotecnología, financiando un floreciente ecosistema de longevidad en Silicon Valley. “Hay mucha gente”, dijo a Business Insider en 2012, “que dice que la muerte es natural, que es parte de la vida, y yo creo que nada está más lejos de la verdad”.
El director ejecutivo de OpenAI, Sam Altman, ha invertido 180 millones de dólares de su propia fortuna en Retro Biosciences, una empresa biotecnológica del área de la Bahía dedicada a frenar y, potencialmente, revertir el envejecimiento humano. Al parecer, Jeff Bezos figura entre los principales financiadores de Altos Labs, una empresa que busca desarrollar terapias con células madre para prolongar la vida humana. Los tratamientos que impulsan estas iniciativas se sitúan en algún punto del espectro de lo plausible; incluso podrías imaginar un escenario en el que algunos de ellos lleguen a ser accesibles para la gente común. Sin embargo, también parece evidente que la obsesión de los magnates tecnológicos por la longevidad se aplica, ante todo, a sí mismos. Thiel ha decidido someterse a la criopreservación. Altman ha dicho que toma el medicamento para la diabetes metformina como parte de un régimen antienvejecimiento, pese a la evidencia algo incierta sobre su eficacia.
Y luego está Bryan Johnson, quien ha dedicado su fortuna en pagos en línea a la búsqueda monomaníaca de la vida eterna mediante un desconcertante abanico de métodos: consumo masivo de suplementos, terapia génica, inmunosupresores, transfusiones de plasma de su hijo y mediciones detalladas de la calidad y duración de sus erecciones nocturnas. Muchos de los intentos de Johnson son, en el mejor de los casos, apuestas improbables—o menos caritativamente, sintomáticos de alguna patología profunda—, pero su desnudo anhelo de escapar de la propia condición humana pone al descubierto el anhelo apenas sublimado en el corazón de los proyectos de extensión de la vida más respetables desde el punto de vista científico.
El objetivo de esta empresa, de las prácticas casi sacramentales de Johnson en un monoteísmo del yo, es ralentizar y eventualmente revertir los procesos de envejecimiento, y así volverse (y permanecer) biológicamente indistinguible de una persona de 18 años. El lema de Johnson y el eslogan de su régimen de longevidad patentado, el Proyecto Blueprint, es “No te mueras”. En su reducción de múltiples imperativos dispares — de la industria farmacéutica, de la fe cristiana, del individualismo estadounidense —a una sola orden, hay que admitir que esta formulación posee la simple genialidad de un eslogan publicitario clásico. No te mueras es el mensaje preciso que resuena en cada latido finito de tu corazón, codificado en tus sueños atribulados y tus ansiedades fútiles.
¿Qué tienen en común estos hombres, estos jefes de Estado autocráticos y tecnólogos de riqueza descomunal, aparte del deseo de no morir? Para empezar, han alcanzado —mediante la implacabilidad y el ingenio, mediante la búsqueda obsesiva de poder y de enriquecimiento personal— una distancia olímpica respecto de los mortales de quienes derivan su poder y su riqueza.
Pensemos en el multimillonario tecnológico: es un hombre que ha acumulado una riqueza inimaginable mediante la disrupción de las relaciones económicas y sociales. Ha transformado por completo la manera en que compramos y pagamos. Ha cambiado la forma en que nos relacionamos con los demás. Ha reconfigurado nuestros cerebros y reordenado la economía global y ahora está creando la tecnología definitiva, la que promete eliminar, de una vez por todas, la necesidad del trabajo intelectual humano. ¿No sería lógico que un hombre así comprara su salida de la muerte, que rompiera ese último vínculo que lo ata al destino de sus semejantes?
Credit…Ilustración por Tim Enthoven
De hecho, así como representa la victoria final del capital sobre el trabajo, la inteligencia artificial también se orienta hacia una victoria mayor y más decisiva: la de la tecnología sobre la propia condición humana. El futurista y empresario Peter Diamandis está convencido de que la IA puede facilitar enormes aumentos de la esperanza de vida humana. En 2023, desveló el XPrize Healthspan, un concurso de siete años para la investigación de la longevidad cuyo objetivo es otorgar 101 millones de dólares a un equipo que “desarrolle con éxito una terapéutica proactiva y accesible que restablezca la función muscular, cognitiva e inmunológica en al menos 10 años, con un objetivo de 20 años, en personas de 65 a 80 años, en un año o menos”.
El premio está respaldado por la Fundación Hevolution, una organización sin fines de lucro centrada en la longevidad, con un presupuesto anual de 1000 millones de dólares, financiada en gran parte por el reino de Arabia Saudita, como parte de su plan para convertir el país en un centro mundial de investigación e innovación en longevidad. Al igual que Altos Labs y Retro Biosciences, Hevolution emplea un lenguaje igualitario en sus comunicaciones públicas. El envejecimiento, dice la empresa, es “una condición que afecta a todos los humanos del planeta” y, por tanto, “todos los humanos tienen derecho a vivir una vida más larga y saludable”. Y, sin embargo, es difícil imaginar que los trabajadores inmigrantes bangladesíes y paquistaníes que constituyen gran parte de la mano de obra saudita —muchos de ellos prácticamente en condiciones de servidumbre— tengan el mismo acceso a las nuevas tecnologías de extensión de la vida que sus empleadores (o los empleadores de sus empleadores).
Singapur también ha surgido como un centro de experimentación en la extensión de la vida, con fondos de capital de riesgo centrados en la longevidad, como Immortal Dragons, que invierten millones en empresas biotecnológicas emergentes. En una entrevista reciente con The Financial Times, el fundador del fondo, Boyang Wang, reveló que una de las empresas de su cartera trabaja en “clones sin cerebro”. El objetivo, dijo, es inducir deliberadamente la hidranencefalia, una enfermedad en la que los bebés nacen sin hemisferios cerebrales, pero con las funciones básicas del cuerpo funcionando correctamente. “Si podemos provocar esto artificialmente en el futuro, podría convertirse en un cuerpo de reserva para ti mismo. Imagina que pudiéramos hacer un trasplante de cerebro. Entonces, ese nuevo cuerpo puede convertirse en nuestro segundo hogar”.
Como posibilidad científica real, esto es lejano o incluso directamente fantasioso, pero vale la pena pensarlo en esos términos. ¿Qué revela esta visión particular del futuro, esta fantasía de seres humanos literalmente descerebrados que servirían como depósitos de piezas de recambio para prolongar la vida de sus propietarios adinerados?
Credit…Ilustración por Tim Enthoven
El poder es, en sí mismo, una forma de proyecto de inmortalidad: el poder de dejar una huella en el mundo — acuñar monedas con tu imagen, redibujar mapas —es, en un plano simbólico, el poder de negar la muerte. En los últimos cuatro años, Putin ha enviado a cientos de miles de jóvenes rusos a la muerte en Ucrania, en una guerra que también ha matado a más de 100.000 ucranianos. Ha dicho que su decisión de invadir se basaba principalmente en consideraciones geopolíticas: que era una respuesta, ante todo, a la amenaza de una expansión de la OTAN hacia el este. Pero la motivación más profunda parece imperial: Putin quiere rehacer el mapa de Europa oriental y reconstruir un imperio ruso perdido y traicionado, y, con ello, reforzar su poder interno.
Sus reflexiones, hechas públicas por accidente, sobre la posibilidad de la inmortalidad a través de la ciencia parecen surgir de la misma gran fantasía narcisista que su proyecto de restauración imperial. Como ocurre con tantos sueños futuristas, el proyecto de prolongación radical de la vida revela algo importante sobre nuestro presente. Atrae a los superricos y a líderes autoritarios como Putin no solo porque les permite negar la certeza de su propia muerte, sino también por las energías reaccionarias que canaliza.
Parece que a Xi le preocupa menos la inmortalidad personal que a Putin. Al ver ese video captado por un micrófono abierto, es fácil imaginar que simplemente estaba complaciendo las preocupaciones excéntricas de su homólogo ruso, aunque solo fuera para tener un tema de conversación mientras caminaban hacia el podio. Pero en 2018, Xi eliminó el límite de dos mandatos presidenciales vigente durante décadas, suprimiendo cualquier barrera legal para ejercer el poder de por vida.
Y, al igual que Putin, lo mueve el deseo de devolver a su país su antigua grandeza imperial; “el gran rejuvenecimiento de la nación china” y la reparación de las humillaciones infligidas al país durante el siglo XIX y principios del XX por las potencias imperiales occidentales han sido los objetivos centrales de su mandato. El ascenso aparentemente inexorable de China, bajo el liderazgo de Xi, a la hegemonía mundial le asegura una especie de inmortalidad figurada. No es exactamente inmortalidad, pero tampoco es poca cosa.
La obsesión por la inmortalidad corporal tiene una larga tradición en la historia china. Los alquimistas chinos creían que podían sintetizar oro mediante compuestos de arsénico, plomo y mercurio, y que beber esas sustancias en forma líquida podía transmitir al cuerpo humano la esencia incorruptible del metal. (Veinticuatro historias, una recopilación de las crónicas oficiales de las dinastías chinas, registra que beber el elixir de oro causó la muerte de al menos seis emperadores, solo de la dinastía Tang).
La conexión simbólica entre el oro y la inmortalidad trasciende culturas y periodos históricos. Para los antiguos egipcios, el oro estaba asociado al poder vital del sol eterno y para los alquimistas de la Europa medieval y moderna era tanto un símbolo como una posible fuente de vida eterna. Por su relativa rareza y por no oxidarse ni corroerse con el tiempo, el oro se convirtió en la sustancia universal de la riqueza, algo que podía transmitirse a los descendientes, como los reyes heredaban el poder a sus descendientes. Una persona podía seguir viviendo con su dinero, como vivía en las estructuras que este construía: templos, catedrales, bibliotecas, galerías, teatros de ópera, tecnologías y órdenes sociales.
Estas líneas de pensamiento mágico se han vuelto a tejer ahora de forma tecnológicamente más sofisticada. En su “Manifiesto Tecno-Optimista” de 2023, el multimillonario capitalista de riesgo Marc Andreessen afirmó: “Creemos que la inteligencia artificial es nuestra alquimia, nuestra piedra filosofal —literalmente estamos haciendo pensar a la arena”. Esta invocación a la Piedra Filosofal fue algo revelador: un material mítico que los alquimistas de la antigüedad y la Edad Media creían que podía transmutar los metales comunes en oro y producir una poción que otorgaba juventud eterna a quien la bebía. Esta es la promesa de la tecnología: intercederá entre nosotros y nuestra muerte. Esta es la promesa del propio dinero.
Por ahora, sin embargo, por más que una persona se engrandezca con su riqueza, su poder y su prestigio, no hay forma de escapar al determinismo de la muerte. Bryan Johnson morirá. Peter Thiel morirá. Sam Altman morirá. Xi Jinping morirá. Donald Trump morirá. Vladimir Putin morirá. Y tú también, y yo también, y todos los que ahora viven y los que aún no han nacido. Ni uno solo de nosotros se salvará: ni por órganos impresos en 3D, ni por superinteligencia artificial, ni por transfusiones de plasma de nuestros queridos y complacientes hijos adolescentes. Nada de esto se interpondrá entre nosotros, ni siquiera entre los más ricos y poderosos y nuestro común final animal. La gran y terrible democracia de la muerte permanece.