El reconocido periodista de investigación critica las prácticas de venta poco éticas que se llevan a cabo por las empresas farmacéuticas en Estados Unidos
Cinthya Martínez
En el 2004, Gardiner Harris (Princeton, 1968), reportero especializado en el sector farmacéutico en The New York Times, llegó temprano a un vuelo y se sentó en un bar en el aeropuerto. Allí entabló conversación con una mujer que resultó ser una representante comercial de Johnson & Johnson. Hasta ese momento, Harris definía a la empresa estadounidense como «ideal»: «Era una madre, una medicina y dinero, todo en uno». Es el principal actor sanitario de Estados Unidos, representando el 20 % del producto interior bruto del país. Sus productos forman parte de la vida cotidiana de millones de personas —desde el champú y el aceite para bebés hasta el Tylenol (marca bajo la que comercializan paracetamol en el país americano), Neutrogena, Listerine o Nicorette— y sus medicamentos y dispositivos médicos están presentes en hospitales de todo el mundo. Pero hablar con esa mujer cambió totalmente la visión que Harris tenía sobre la multinacional. Su historia sobre prácticas de venta poco éticas y el devastador impacto que estaban teniendo en su familia germinó en una investigación que cambió totalmente la forma en la que Harris cubriría la empresa y toda la industria farmacéutica americana.
«Lo que sabía sobre Johnson & Johnson me atormentaba. No podía creer que esta empresa, que había causado tanto daño en el mundo, pudiera salirse con la suya y seguir gozando de tanta admiración sin rendir cuentas. Intenté varias veces, mientras trabajaba en el The New York Times, exigirle responsabilidades, pero no funcionó. En algunos casos, mis editores simplemente no querían que escribiera esos artículos. En otros, los escribía, pero tenían muy poca repercusión», explica el propio Harris en una entrevista con La Voz.
Finalmente renunció al periódico y se embarcó en un viaje de cinco años para escribir un libro, No more tears (haciendo referencia al popular eslogan de los champús de esta marca), que salió a la luz en abril del año pasado en Estados Unidos. Paradójicamente, tuvo su lugar en la lista de best seller del New York Times y la versión en inglés se encuentra dominando el podio de los libros más vendidos en España sobre ética médica. La versión en español, No llores más, editada por Capitán Swing, acaba de llegar a las librerías de nuestro país.
Ha pasado más de un año desde que el libro vio la luz en Estados Unidos y Harris, que ha visitado España estos días para promocionar su obra, confiesa saber que la empresa «está muy enfadada». Sobre todo, los directivos. «Muchos empleados también me han comentado que el libro les ha impactado profundamente, porque la habilidad más importante de Johnson & Johnson, aquello que la distingue de cualquier otra empresa, no solo consiste en convencer al público de que es una empresa ética y buena, sino, sobre todo, dar esa imagen a sus propios empleados. En Estados Unidos tenemos un término para esto: manipulación psicológica».
Harris habla con cierta resignación. «Se han salido con la suya. Creo que, a pesar de haber escrito este libro, sus ganancias siguen aumentando, no como las mías —ríe—. Si hubiese tenido un mínimo de sentido común, no habría escrito el libro, porque no me da suficiente dinero», dice. Un David contra Goliat en pleno siglo XXI. «Hay batallas que hay que librar aunque sepas que las vas a perder», añade.
A través de nueve productos de la compañía —comenta que en un principio incluso iban a ser quince—, Harris reconstruye cómo se tomaron decisiones sobre su investigación, comercialización y seguridad, y examina el conflicto entre intereses comerciales, evidencia científica y protección de los pacientes. Médicos, investigadores y reguladores —con especial atención a la FDA (por sus siglas en inglés, Administración de Alimentos y Medicamentos)— forman parte de No llores más.
«Ballenas»
La historia que acabaría dando origen a este libro tiene como protagonista al sobrino de esa mujer que conoció en el aeropuerto. La visitadora había conseguido para su sobrino de diez años una cita con uno de sus psiquiatras favoritos, al que le había proporcionado muestras gratuitas de Risperdal. Un medicamento antipsicótico de segunda generación cuyo principio activo es la risperidona, que actúa regulando los niveles de dopamina y serotonina del cerebro. Aquel médico era una de las «ballenas» —así las denomina Harris— de la empresa. Un término que, según él, se utiliza para referirse a los médicos cuyas numerosas recetas incrementaban las primas de los visitadores. Es decir, las farmacéuticas en Estados Unidos pueden «comprar» a los médicos para que receten sus medicamentos aunque no sean necesarios.
El sobrino de esa mujer había sufrido un problema grave de conducta y el psiquiatra le recetó risperidona. Pero el niño, acabó engordando nueve kilos. Unos efectos adversos que la propia visitadora desconocía y que acabó repercutiendo en las relaciones familiares. Ella no quiso participar en el libro de Harris, pero él decidió seguir investigando por su cuenta.
Ese niño fue uno de los muchos que sufrieron alteraciones en su sistema endocrino en Estados Unidos por la toma de este fármaco. Por aquel entonces —la conversación con la mujer se remonta al 2004—, explica Harris, la FDA anunció que exigiría nuevas advertencias sobre el riesgo de problemas metabólicos asociados a este medicamento y otros similares no producidos por Johnson & Johnson, a través de su filial Janssen. No llores más relata cómo el gigante estadounidense proporcionó a sus comerciales argumentos para convencer a los médico de que Risperdal no presentaba un riesgo mayor que otros fármacos. Unas semanas después, la FDA advirtió por carta a la empresa de que las afirmaciones eran falsas. Johnson & Johnson tuvo que acabar reconociendo ante médicos de todo el país que había minimizado el riesgo de diabetes y presentado engañosamente el Risperdal como más seguro que otros fármacos similares.
Aunque la compañía fue multada con mil millones de euros por ocultar estos efectos de Risperdal en Estados Unidos, en España no llegaron a existir este tipo de litigios. En nuestro país también está aprobado para tratar la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el autismo y problemas graves de conducta. Para este último caso se utiliza como tratamiento sintomático a corto plazo, durante un máximo de seis semanas, de la agresión persistente, al igual que en pacientes con demencia de tipo alzhéimer que presenten síntomas de esta índole. Un período de prescripción máximo que también fue necesario limitar porque, en el 2004, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) confirmó que su consumo prolongado se asociaba a un aumento del riesgo de episodios cerebrales isquémicos en pacientes con demencia.
Polvos de talco y el poder del olfato
Los productos más reconocidos de Johnson & Johnson entre la población de todo el mundo son aquellos que tienen que ver con el cuidado de los bebés. Tanto los champús, como la loción y los polvos de talco. «En Estados Unidos se crearon las bolsitas de regalo para mamás y todas aquellas que tenían un bebé eran obsequiadas con ellas. Eso creó un vínculo emocional muy fuerte entre las madres y la empresa. Aunque no generó grandes ganancias para Johnson & Johnson, creó un escudo de reputación que la protegió de las consecuencias de todos sus desastres en el sector farmacéutico y de dispositivos médicos», asegura Harris.
Los polvos de talco tenían una de las fragancias más reconocidas del mundo. «Casi todos recordamos ese aroma y, por supuesto, los olores son los sentidos que más evocan emociones. Es un pensamiento recurrente que nos lleva a asociar a Johnson & Johnson con emociones humanas positivas y poderosas. Y esa asociación es imposible de romper», indica Harris. Pero sí se complicó.
Durante la mayor parte del siglo XX, la mayoría de las madres utilizaban Johnson Baby Powder en el cuidado de sus bebés. En aquella época, contenía polvos de talco. «El talco en polvo siempre contiene un poco de amianto porque ambos minerales son casi idénticos. Los yacimientos de talco siempre contienen un poco de amianto, y viceversa. Johson & Johnson se pasó décadas escondiendo esta conexión y ocultando pruebas que demostraban que sus polvos contenían amianto», sostiene Harris. Un material altamente cancerígeno clasificado como carcinógeno para los humanos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC).
La verdad salió a la luz, aunque no fue fácil. En el 2018, un jurado popular de Saint Louis (Misuri) condenó a la multinacional estadounidense Johnson & Jonson al pago de 4.021 millones de euros por no advertir a los consumidores de que el polvo de talco que comercializaba estaba contaminado con amianto. Los demandantes fueron 22 personas afectadas por un cáncer de vejiga que utilizaban el producto para su higiene personal de forma continuada. En ese momento, seis ya habían fallecido. En ese momento, la empresa seguía negando su responsabilidad a pesar de que se enfrentaba a otras 9.000 demandas en todo el país por el mismo motivo. El año pasado, 3.000 personas demandaron a la empresa en Reino Unido, extendiendo el litigio a Europa.
En el 2020, Johnson & Johnson dejó de vender sus tradicionales polvos de talco a base de mineral en Estados Unidos y Canadá, y extendió el cese de su comercialización a nivel global en 2023, sustituyéndolos por fórmulas basadas en almidón de maíz.
En el 2024, después de quince años de disputas legales en todo el mundo, la farmacéutica llegó a un acuerdo para la resolución integral del caso en Estados Unidos mediante el pago de 5.500 millones de dólares, unos 4.830 millones de euros, de miles de demandas pendientes. «Tras décadas de litigio y un exhaustivo análisis científico en una extensa audiencia, los demandantes admitieron su incapacidad para probar la causalidad específica al retirar a sus peritos en dos casos emblemáticos», señaló en ese momento Erik Haas, vicepresidente mundial de Litigios de Johnson & Johnson.
«Siempre actúan así. Niegan la realidad, intimidan a los periodistas con esas negaciones y nunca se disculpan. Nunca admiten su culpa ni reconocen la verdad», lamenta Harris, que indica que la FDA confirmó finalmente en el 2019 que los polvos de talco para bebés de Johnson & Johnson contenían amianto. «Sin embargo, la compañía afirmaba que, incluso en esas pruebas, la contaminación no se debía a los polvos, sino al laboratorio donde se realizaron. Posteriormente, Johnson & Johnson contrató a su propio laboratorio para repetir las pruebas que había llevado a cabo la FDA. Y su propio laboratorio encontró amianto en ese frasco de talco para bebés de Johnson. Y en ese momento, dijeron: “Bueno, no, en realidad ese laboratorio también estaba contaminado”. Ninguna de estas negaciones es mínimamente creíble», exclama.
La sombra de la FDA
—Todo lo que usted cuenta en el libro no deja en buen lugar a la FDA. ¿Qué opinión tiene sobre ella?
—Lamentablemente, creo que la FDA se ha convertido en rehén de las industrias que regula. Y eso es culpa nuestra, de los Estados Unidos. Nuestro sistema de salud es mucho más corrupto que el de España.
—¿Por qué?
—Las farmacéuticas pueden entregar dinero en efectivo y regalos directamente a los médicos en Estados Unidos. Casi el 90 % de los médicos estadounidenses aceptan estos regalos, y aproximadamente la mitad recibe dinero en efectivo de compañías como Johnson & Johnson. Este dinero distorsiona sus decisiones y pone en riesgo a los pacientes. En España, dar dinero a los médicos es ilegal desde hace mucho tiempo —se refiere a que está prohibido que las farmacéuticas paguen comisiones directas o incentivos por recetar un medicamento concreto a pacientes de la sanidad pública o privada—. Por eso no sufristeis la crisis de los opioides como nosotros. Tampoco la crisis de los antipsicóticos, no fue tan grave como la nuestra. Pero en el sector de los dispositivos médicos, creo que tenéis los mismos problemas que nosotros. La aprobación de dispositivos médicos en Europa es tan problemática como en Estados Unidos. Por eso, las historias que cuento sobre implantes de cadera metal-metal que envenenaron a decenas de miles de personas, ocurrieron en España con la misma gravedad que en Estados Unidos.
Las prótesis de cadera
Tal como comenta Harris, en España, a diferencia de los otros casos expuestos, sí existieron investigaciones por parte de la Audiencia Nacional a Johnson & Johnson, concretamente a su filial DePuy, por comercialización de prótesis de cadera defectuosas.
Entre 3.000 y 4.000 pacientes recibieron estos implantes defectuosos en unos setenta hospitales españoles entre 2004 y 2010. Los componentes de metal desprendían iones de cromo y cobalto al desgastarse, lo que generó necrosis, destrucción de tejidos, infecciones, dolor crónico, movilidad reducida y la necesidad de cirugías de revisión. Entre los afectados también hubo gallegos, como Carlos Díaz Pérez, un vigués que consiguió que el juez condenase a la multinacional a pagar cerca de 60.000 euros. La sentencia no dejaba lugar a dudas en cuanto a la responsabilidad de Johnson & Johnson: «Comercializó la prótesis de cadera que le fue implantada a don Carlos el 13 de noviembre del 2006 omitiendo la diligencia debida de asegurarse de que cumplía con las exigencias legales para su uso seguro».
Harris se muestra positivo con que le libro llegue a España. Asegura que muchos países de Europa vetan su publicación. Con todo, también augura que habrá más polémicas alrededor de la compañía; o por lo menos, en su país. «Creo que hay motivos suficientes para creer que la corrupción en el sistema de salud estadounidense está empeorando, no mejorando», concluye.
