
Por: Luis Fuenmayor Toro
El llamado “narcotráfico” ha sido siempre impulsado por los grandes intereses económicos y políticos de los países dominantes, con muy amplios y variados objetivos, desde el simple enriquecimiento de grupos privados o la obtención de fondos por parte de esos estados, para el financiamiento de programas y planes especiales, internos o en el extranjero, hasta el financiamiento incluso de actividades rutinarias de distinto carácter. El control político nacional e internacional ha sido muchas veces el aliciente, para impulsar y proteger tanto la producción como el comercio de drogas ilícitas, pese a los graves daños en la población por la dependencia y el deterioro humano que generan.
Tenemos dos grandes grupos de fármacos muy distintos dentro del mal llamado narcotráfico: los estupefacientes y los estimulantes. Los primeros son drogas utilizadas en terapéutica para producir analgesia fuerte, es decir para disminuir o eliminar el dolor de elevada intensidad, que no se puede manejar con los analgésicos comunes, tipo aspirina, de libre circulación en el mercado, y que no generan cambios de conducta, de percepción de la realidad, ni son adictivos. Se trata realmente de los narcóticos (morfina, heroína, oxicodona, codeína y fentanilo, entre otros), fármacos que actúan como depresores del sistema nerviosos central y producen, como acciones fundamentales, analgesia e hipnosis (sueño) y fuerte dependencia física y psicológica, por lo que son altamente adictivos.
Los estimulantes, por su parte, aunque también actúan principalmente en el sistema nervioso central, son drogas de mecanismos de acción muy distintos, sin efecto analgésico, que producen principalmente excitación y pérdida de sueño (cocaína, anfetaminas y la mayoría de los psicodislépticos o alucinógenos, entre otros). Una proporción de ellos también producen dependencia y adicción. Son fármacos que aumentan la actividad mental, favorecen la atención y la vigilia, activan la motricidad, alteran la percepción de la realidad y generan trastornos de conducta. Muchos de ellos ya no se utilizan como agentes terapéuticos, aunque algunos o sus derivados pueden usarse en determinadas condiciones patológicas.
El tráfico de drogas ilícitas ha sido, desde hace mucho tiempo, una forma de producción de riqueza y de explotación, similar a la que ocurre usualmente en el resto de los campos de la producción industrial en general. Existe un gran mercado para las mismas, el cual es mucho mayor en los grandes países capitalistas del mundo, como EEUU y buena parte de los países europeos, pues la capacidad adquisitiva de sus pobladores es alta. Además, los adictos a los estupefacientes son muy numerosos, como en EEUU (70,5 millones), en parte como producto del consumo de los veteranos de guerra. La DEA es la agencia encargada de garantizar el suministro de estas drogas al mercado estadounidense.
Los grandes márgenes de ganancia impulsan permanentemente la producción de estos fármacos. Sólo las grandes economías pueden absorber el lavado de dinero de sumas tan gigantescas; las drogas viajan en un sentido, mientras los dólares recaudados viajan en sentido inverso. Este mercado de drogas ilícitas genera en EEUU entre 425 y 750 mil millones de dólares anuales (0,8 a 2,7 % del PIB), con la peculiaridad de que el 85 % de las ganancias se quedan dentro del sistema financiero del país, apuntalando su enferma economía. Los consumidores de EEUU gastan entre 150.000 y 300.000 millones de dólares al año, en sustancias como la cocaína, la heroína, las metanfetaminas y el cannabis. Con estas mercancías, los productores son quienes menos reciben y más persecución y acoso sufren.
El valor del mercado europeo de drogas ilícitas supera los 31.000 millones de euros por año, con un número de consumidores de cannabis, heroína, cocaína, anfetaminas y opioides de alto riesgo, de unos 35 millones de seres humanos. Se trata de una de las actividades más lucrativas existentes hoy en el viejo continente. Es claro que, sin esos mercados tan grandes, la producción de drogas ilícitas desaparecería. Los chinos produjeron opio durante más de un milenio, pero su importancia real se produjo en el siglo XIX en las guerras del opio contra los ingleses, que mantenían una gran producción en la India colonial.
En la tercera década del siglo XX, China llegó a ser el primer productor de opio (90 %) del mundo, pero esa gran producción concluyó drásticamente entre 1949 y 1952, tras el triunfo de la revolución dirigida por Mao, cuyo gobierno, con distintos programas y el enfrentamiento de los grandes capos de la droga, erradicó el negocio por completo en sólo tres años. Una demostración clara de que sí se puede hacer si hay el convencimiento y decisión política para ello. Ni EEUU, ni Europa, están realmente interesados en acabar con el gran negocio del narcotráfico, muy por el contrario, pues además sirve a sus perversos propósitos de dominación.
Origen: Apuntes básicos sobre el narcotráfico – Por: Luis Fuenmayor Toro @LFuenmayorToro
