Editorial Mundiario
Las farmacéuticas dedican miles de millones de euros a descubrir nuevos medicamentos, pero existe una cuenta atrás que comienza mucho antes de que un tratamiento llegue a las farmacias.
Es el reloj de las patentes. Cuando termina el periodo de exclusividad, los competidores pueden comercializar versiones genéricas o biosimilares y un producto que durante años generó beneficios extraordinarios puede perder buena parte de sus ingresos en muy poco tiempo.
La industria entra ahora en uno de esos momentos decisivos. Hasta 2033 expirarán las patentes de algunos de los medicamentos más vendidos del mundo, poniendo en riesgo más de 500.000 millones de dólares en ventas acumuladas. Nunca antes tantas moléculas de enorme éxito comercial habían afrontado un calendario de vencimientos tan concentrado.
El ejemplo más citado es Keytruda, el tratamiento oncológico de Merck que se ha convertido en el medicamento con mayores ventas del planeta. Su protección en Estados Unidos comenzará a desaparecer en 2028, una fecha que condiciona ya buena parte de la estrategia de la compañía. No se trata únicamente de reemplazar un producto; se trata de sustituir una fuente de ingresos que sostiene buena parte del negocio.
Cuando una patente expira, el éxito de un medicamento puede convertirse en un problema: los ingresos pueden desplomarse en pocos meses
La situación se repite, con distintos calendarios, en otras multinacionales. Opdivo, Eliquis o los tratamientos contra la obesidad y la diabetes que han revolucionado el mercado durante los últimos años también afrontan, tarde o temprano, el final de su exclusividad. Para algunas empresas, el problema no es inmediato; para otras, constituye ya la principal preocupación estratégica, según The Wall Street Journal. Por eso la actividad corporativa se ha acelerado. Las adquisiciones, las alianzas con empresas biotecnológicas y los acuerdos para desarrollar nuevos tratamientos se han convertido en una prioridad. No responden únicamente al deseo de crecer, sino a la necesidad de llenar el vacío que dejarán medicamentos extraordinariamente rentables. En el último trimestre, las operaciones del sector alcanzaron su mayor volumen en siete años.
Sin embargo, también ha cambiado la forma de comprar innovación. Durante años, las grandes farmacéuticas respondían al llamado patent cliff mediante grandes fusiones. Hoy predomina una estrategia más prudente: adquirir compañías pequeñas con proyectos prometedores o firmar alianzas tempranas que permitan repartir riesgos y acceder antes a nuevas tecnologías. La experiencia ha demostrado que las megafusiones no siempre crean valor para los accionistas.
La reciente colaboración entre Merck y Moderna ilustra bien esta tendencia. El éxito de su vacuna personalizada contra determinados tipos de cáncer no solo representa un avance científico; también ofrece a Merck una posible vía para compensar, al menos parcialmente, el futuro descenso de ingresos de Keytruda. La innovación deja de ser únicamente un objetivo médico para convertirse en una necesidad financiera.
Mientras tanto, otros actores observan esta situación como una oportunidad. Los fabricantes de medicamentos genéricos y biosimilares consideran que la próxima década puede ser la más favorable de su historia. Empresas como Sandoz hablan ya de una auténtica “década dorada”, impulsada precisamente por el vencimiento de cientos de patentes y la apertura de mercados que hasta ahora permanecían cerrados por la protección intelectual. Todo ello tendrá consecuencias que irán mucho más allá de las cuentas de resultados de las farmacéuticas. Los sistemas sanitarios podrían beneficiarse de tratamientos más asequibles gracias a la competencia de genéricos y biosimilares, mientras que los pacientes podrían acceder a un mayor número de opciones terapéuticas. El desafío consistirá en mantener el delicado equilibrio entre incentivar la innovación y garantizar el acceso a medicamentos a precios sostenibles.
La industria farmacéutica siempre ha vivido pendiente del siguiente descubrimiento. Sin embargo, la gran amenaza de los próximos años no será la falta de talento científico, sino el agotamiento del tiempo. Cuando expira una patente, desaparece el monopolio comercial que justifica décadas de inversión. Y esa realidad obliga a las grandes compañías a reinventarse continuamente. En el fondo, el mayor riesgo para las farmacéuticas no consiste en que un medicamento deje de funcionar. Consiste en que siga funcionando perfectamente… justo cuando cualquiera pueda fabricarlo.
Origen: La gran amenaza silenciosa para las farmacéuticas está en las patentes
